sábado, 15 de diciembre de 2007

UN DIA CUALQUIERA


Un día cualquiera



El cielo se bate en lo profundo difuminándose de azul celeste.
Sierras y montes, y un mar cautivo, oriundo se despeña en el horizonte de verde olivo, cúmulos plomizos se descuelgan en el cielo vaporoso de algodón, tiñéndose de cobrizo, cuando el cíclope aparece desmarañando las tinieblas.

Lomas preñadas de negro fruto, maduran en su letargo al jugo óleo del redondo olivo.
La tierra huele a mojada, que es un perfume que exhala, cuando se sacia y se calma de la sed del llanto del cielo.
Hoy las lágrimas celestes, convertidas en patina escarchada hacen que la plegaria del campesino se sienta más satisfecha.
Y las hojas acristaladas fulguran radiantes de terciopelo en las primeras horas de la mañana,
al fundirse su tesoro impreso, con los primeros rayos del saliente sol.
En la lejanía el arco iris se difumina en su grandeza,
Convirtiéndose en estable el vinculo pactado con Dios.

El aire es húmedo, frío, hueco, trae en su quebranto, olores de humo de las hogueras que se hilan al espacio dibujando en su enredo, filamentos blanquecinos.
Espirales de arabesco que se distorsionan al celeste etéreo.
En las hogueras se abrigan los labriegos, en hora matutina, esperando que la escarcha se licue a la tierra.

Al crepitar de la llama del ramón se calientan, entre risas vahos y pláticas picarescas, y al son de algún trago del vinillo de la tierra, abren sus barjas, y sacan chorizos, morcillas y pancetas, que con una pestuguilla atraviesan, echándolas en las ascuas, chirrían los embutidos chorreantes de grasa.
En el fulgor de la lumbre, poco a poco se cocinan las exquisiteces de las matanzas; bocado delicioso para un estómago vacío.
Hay que recuperar fuerzas, la mañana es fría en este invierno navideño y estamos en tiempo de cosecha, oro negro que alimenta las bocas de todo un año.

Salpicado el paisaje de piedras renacentistas, y callejas árabes de zaguán y arcos lunares.
Las torres de las iglesias, apuntan al cielo de azul ceniza, desafiando al espacio coronado de cruces, de forja y hierro.
Se tilda en el eco un toque, alguna que otra campana vieja, que doblándose en el aire seco, repica temprano a misa.
La ciudad madrugadora con el aire nuevo se desvélesa.
La cal se hace más blanca y, el sol embozado entre las nubes, se ríe acariciando las lomas blancas.

En el viento canta el piar de los gorriones que traviesos, saltan entre las tejas moviendo despavoridos algunos la colita.
Los palomos de las torres vuelan hacia los sembrados, siguiendo hermanados al jefe de la bandada, para buscarse como cada mañana el sustento.

Hay un gato que se acicala en la cornisa de un tejado mientras un perro le ladra. Éste indiferente lo mira, estirándose paciente a lo largo, sabiendo que no pasará nada.

Ronronea el murmullo metálico de los motores que navegan en la ciudad, la gente corre al trabajo, dejan los niños en la escuela. En la urbe mañanera hay un tufillo a café y a tostada.
Otro día que amanece en la ciudad amurallada, otro día de calma; otro día, como cualquier día, esperando con la soledad en el alma.
Quizás mañana,
¡Repiquen todas las campanas!
Sí, sí, mañana………………………………………………

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