martes, 11 de septiembre de 2007

EL CAMINO

El camino



Baje desde la cumbre
a lo bajo de este valle
deje a mi águila y mi león
enfundándome en un cuerpo de niño.

Creando la ilusión
para que fuese algo distinto,
en purezas e inocencias,
llene un corazón cobrizo
y el arrumbe de este cobre
poco a poco lo deshizo.

Cuando uno es como el camello,
cargando en el espíritu
todos los fardos del alma,
para conciliar el gran sínodo,
entre tu yo y tu ego y el amado anhelo,
y atravesar el desierto,
con un paisaje yerto,
mucho sol y poca agua.

Todos los pasos que das,
están pesados y bien medidos
hasta llegar otra vez al oasis
y descansar del camino
aliviándose también de la carga
y repostar de esa agua,
tan necesaria para la vida.

Si esa agua en la poza
el destino la hizo agreste,
el lodo y el barro
la llenaron de alumbre
y la arena la engullo en su seno.

El camino se hizo largo
y tortuoso para el camello
el animal cansado y sediento
solo le queda morir en otro intento.

A no ser que su agila
lo levante de este duelo
y le venga a rescatar,
y lo alce en blanco vuelo
a los manantiales de luz
a las cumbres de las montañas
y lo sacie de las aguas cristalinas del cielo
bebiendo de las tormentas
y despejándose con el trueno
y el rayo le dé vigor
y el león que habita adentro
le anime a subir otro sendero.

Desde lo alto de este otero,
una vez andado el camino del desierto
me detengo y miro
la carretera andada.

Ancho y largo es el camino,
veredas de guijarro y polvo
cuestas de abrojos
barrancadas y cañadas
y valles frondosos.

Bosques de sombras
y senderos tenebrosos,
flores de tul y gasa
en los encajes y los desnudos,
de las compañeras de viaje,
rosas y espino,
y púas en las ramas de las acacia,
alegrías, penas, quebrantos,
aceite, sal y vinagre.

Pan y vino, para el camino
noches de luz y lunas sin brío
luceros que estremecen los sentidos,
puestas de sol , y tardes de frió.

Y ahora que me miro
solo me queda del camino
estelas de culebrinas, paisajes fornidos,
follajes de verde, cris y ocre,
las pisadas marchitas que no dejaron huellas,
y el tiempo dormido en los laureles,
que lleno de polvo mis zapatos viejos.

La camisa sudorosa
las arrugas en la frente
de la piel ajada de un niño,
en el cuerpo de un hombre,
y un corazón casado
de subir tanta pendiente.

Me detengo y reflexiono
y le pregunto a mis animales
al camello que llevo
las cargas de mis pesares.
a mi agila que siempre voló
y fue libre en los cielos
a mi león que me defendió
ante la benevolencia
y rujio a los temores,
y a ese hombre que se hizo niño
y quiso un día ser un súper hombre.

Todos callan y extienden los brazos
y me señalan en el horizonte
otro otero más alto.

Respiro pausadamente
y la mirada me lleva
a lo alto de una cima.

Donde una compañera me anima
a seguir hacia adelante
allí, el horizonte es más amplio
y me espera con una lumbre
donde calentar yo pueda
estos huesos calcinados.

Espero no llegar tarde
y que el tiempo me acompañe
no sea que un temporal amaine
el fuego que allí arde.

Retomare el camino
y seguiré a mi lucero
acompañado de mis animales
que la compañera que allí espera
también es pastora.

Tiene una loba que le guarda
una gaviota que le guía
y un osito de trapo
que de noche la hace compañía

Tengo que llegar allí
y proseguir pronto el viaje
para que juntos andemos
buscando nuevos senderos.

Atalayas más altas
quizás junto a las estrellas
para compartir el amor
y un día ser parte de ellas.







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