domingo, 9 de agosto de 2009

La madame y su vecina Rosa


La madame y su vecina Rosa

Rosa

Aquella tarde, como una de tantas otras, Rosa salió a la calle envuelta en un chal de crudo paño negro, el frio de Diciembre petrificaban sus manos, y en su aburrido gesto se denotaba un halo de preocupación.
Apretaba una rugosa nota que había encontrado encima del aparador del salón, con el paso presuroso y diligente, impaciente se dirigía a desahogar su amargura a la casa de su vecina.

Una mujer extraña, entrada en años, con el pelo lacio y cano, siempre recogido con un rodete;
Aquella viuda, madre de tres desventurados hijos ya muy crecidos, había rodado mucho por la vida.
Alcahueta, desde la más tierna infancia, se caso con un desgraciado pícaro sin oficio ni beneficio que nunca le dio un palo al agua.
Pero por el azar de la vida, o por las historias que siempre se traía entre manos, fue un buen discípulo de lo ajeno, haciendo carrera en el infierno, nunca le falto mal que por bien no viniera, y así doto del sustento a su familia.

Buena nota que de esto tomo la viuda, para aplicarlo a su propia vida, ahora que le faltaba el benefactor de su intendencia.
Y de aquí, que aderezo su casa dándole un cierto porte de misterio, con algunos muebles viejos, y una pequeña capilla que hizo a fuerza de toda estampa que se precie en el cielo, rodeadas de ceras y alguna pequeña titilante luminaria, resplandeciendo a todas las ánimas que purgan los avatares de su existencia en la antesala del cielo.
Una corte felina acampa a sus anchas por toda la casa, animales de compañía y algún que otro búho y lechuza disecados,
Restos del pasado de su amantísimo esposo, con su líder a la cabeza, Ulises, un precioso gato negro, con mirada verde pétrea.
Así que por unas cuantas monedas, hablaba con los difuntos, y resolvía lo sin resuelto, echando los arcanos mayores del tarot en una tirada celta o la de la santísima cruz o simplemente la del deseo, con cuatro naipes encima de la mesa.
También interpretaba las huellas de la mano izquierda.


Rosa llego a la dirección, de aquel callejón sin salida, y se detuvo en el número siete, un portón grande de madera centenaria enmohecido, como la propietaria del inmueble,
pico la aldaba de la puerta, con un sonido hueco, casi tremebundo.


No paso más de un minuto, cuando el chirriante postigo abrió una rendija, preguntando quien era.
_Soy yo Rosa, señora Engracia, que vengo a consultarle unas cosillas.

_Pase amiga mía, que hace un frio que pela, y siéntese al brasero.
Le dijo la dueña del lugar, acariciando a su gato negro de angora, un momento y estoy enseguidita con usted, que es la hora de la merienda de Ulises, y es ponerle su tazón de leche y la raspa de un arenque que comí esta mañana,
así que pase señora Rosa.

Rosa paso a el salón donde la madame echaba las cartas, un sitio tosco y austero, pero muy acogedor, un poco sombrío, aunque la luz y el crepitar de la lumbre del hogar, lo envolvía todo en un halo de misterio, un escenario perfecto para resolver cualquier trance, con un poquito de intuición y de sicología aplicada, con unos toques de empatía y de la larga experiencia acumulada.

Así que la señora Rosa, después de leer aquella nota le conto su impronta, los celos que sentía por su marido, un hombre más joven que ella y de buen ver.
Dando cuatro pases mágicos la pitonisa explico, que aquel tarot siempre envuelto en un paño de seda, con una estampita del corazón de Jesús, y otra de la virgen María, estaba impregnado de buenos augurios y pertenecía desde siempre a una estirpe de magos,
Que poco se equivocaría.

Entre los efluvios de sándalo, y la llama mortecina de la vela, la nigromante, fue echando carta a carta,
Con mucha parsimonia y arte teatrera, y contándole, lo que todo el mundo conocía, porque era de voz popular en el mundillo de las alcahuetas, que su Antonio se amancebaba con su vecina del final de la calle, una buena moza apretada en carnes, así que le conto esto, quitándole un poco de hierro,
Y diciéndole que él la quería, pero la tal María lo tenía embrujado, con un mal de ojo, que con unas cuantas monedas ella podría, deshacer el entuerto, preparándole un filtro de amor.
Que se lo tendría que dar un día de luna llena, antes de las doce, y harían en su Antonio prodigios, y por otras cuantas monedas más vengar la ofensa de la pecadora.

Que lo pensara bien y no le dijera nada a su marido, pues corría el gran riesgo de quedarse descompuesta y sola.
Mejor sería que empeñase el collar bueno que heredo de su madre, ese de perlas que trajo su abuelo de oriente, cuando era marino mercante y con eso y un poquito más, ya se podría hacer algo; que las almas de dios que le ayudaban, necesitaban muchas misas que decir y pagar, para salir del purgatorio, y en tal agradecimiento obrarían milagros, así como las obras de piedad que tendría que hacer ella en el más estricto anonimato, para encontrar el beneplácito de dios, que bien pensado seria una excelente cristiana, y no sería un despilfarro y así dios se lo tendría siempre en cuenta.

Agradecida Rosa, pago la minuta y se envolvió en su chal , y se fue pensativa a su casa.
_Esta mujer sí que es una buena cristiana, me ayudara y volverán las aguas a su cauce.
_ My querido Ulises, si todo sale bien, te pondré arenques enteros hasta que te hartes.

1 comentario:

  1. El relato esta genial, muy bien narrado, ahora que estamos comunicados con el mundo por medio de tanta tecnología siguen estas creencias populares pululando por el mundo, me gusto, es la primera narración que te leo, te cuento que he tratado de dejarte un comentario antes pero fue imposible no me lo tomaba, que tengas un buen día julio

    Besitos

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