viernes, 9 de enero de 2009

Una tarde de invierno


Una tarde de invierno


Estas tardes taciturna de invierno
el sol tiene corto bagaje
y calienta poco a los huesos,
ya cansado de su caminar postrero,
el ciclope iracundo se desdeña en el ocaso.

Su larga cabellera cobriza
se deshilacha en el espacio.

Anacrónico va vencido y cercenado,
herido de muerte
cediendo el protagonismo
a la luna de alabastro,
que asiste impotente
a la agonía de los estertores.

El cielo crepuscular
en singular empatía
se tiñe de frambuesa,
se desangra en las acarameladas nubes
que se llenan de tristeza.

Las sombras corretean
y huyen a la deriva de la arboleda,
y poco a poco el verde de mi valle
se difumina en su grandeza.

Se cierne la luz a las sombras
y se cierra el telón del día,
abriéndose la noche
espesa para las luciérnagas.

La adherencia de la negrura cala,
y hace destellar
la incandescencia en el alejamiento.

Insertándose en el paisaje
rosarios de luz
que fluyen de las serranías,
son los pueblos de cal y canto
que circundan
a estas lomas lunares de olivos.

Mares de hoja perenne
rasgadas por el esfuerzo
el sudor y el trabajo,
de estas nobles gentes jienenses.

La noche acaricia mis mejillas
sintiendo su gélido porte,
la luna ya se mece radiante
en su columpio de ébano
el reloj marca su pauta intachable,
y el tiempo invento del hombre
sigue en su presente y pasado.

Y yo perdido en la noche
deambulo por otros lugares.

Naufrago en la proa de tus labios
buscando una razón de sal y espuma
y la quilla de tus arcos
me aparta a los abismos abisales.

Busco algo nuevo en las estrellas
y las estrellas solo están para alumbrarme,
me perderé en una estela marinera
y me olvidare de Buenos aires.

1 comentario:

  1. Las tardes de invierno siempre son dadas a la melancolia y estas que padecemos, tan frías, más aún.

    Un abrazo

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