lunes, 23 de junio de 2008

CARTA A ROSA


Carta a rosa



En el centro del salón, sórdido tictac, las agujas ruedan y ruedan, en un cíclico compás intentando señalar , en su esfera circular, el turgente viajar inconmensurable del tiempo.

Absorto en la ventana, las sombras se alargan, la tarde languidece y el crepúsculo enojado, atónito ensimismado, fulgura de radiantes sortilegios en granates bucólicos, diáfanos, cristalinos.

Se despide el astro rey en agónico lamento, mientras el azul se hace intenso y tímidamente aparecen, puntillitas de destellos
en la bóveda celeste.

El tiempo quedo detenido, y vienen a mi mente, un ramillete de recuerdos.

¿Que será de mi amiga?, ¿Que será de aquella historia?
¡ Donde quedo aquel cielo!, donde perfumara ahora la rosa, de pótalos rubios, con destellos de sol anaranjado.

Habrá encontrado ya el perfume su esencia milagrosa,
seguirá con sus espinas, tan bonita, tan de poca cosa mi amiga Rosa.

Aquella que regalaba en los otoños violetas, y pisaba alfombras de orquídeas en sus fantasías locas,
aquella de pupilas hirientes y clavadoras de rapaces miradas,
Iris aterciopelados de cristalina esmeralda.

Aquella mujer fantasiosa, que no hablaba de amor, sino de misterios azarosos que sazonaban su entrañas, de fugitivos estertores en el fondo de su alma.

Aquellos labios ardientes, que forjaban un te quiero,
Musitando coléricas llamas de pasión y deseo,
Aquella voz melosa, misteriosa de algodón de caramelo, que palpitaba en las sombras como las ondas en el lago de la inocencia.

Una mujer felina, que arrulla, y araña y en osadía, odia,
Por esperar de ti un amor in contenido, un recipiente lleno de dulzura de pasión inconclusa, libélula, caballito del infierno y al mismo tiempo mariposa.

¿Dónde estarás amiga mía?
bajo de que cielo te cubres, pisando que tierra extraña,
quizás tus raíces arraiguen a un hombre, tus ramas abriguen polluelos en el mido, tus hojas perennes se hallen, de pensamientos prohibidos.

Y el sol en tu talle dibuje en tu entidad de mujer,
la imagen que tengo de tu cuerpo de hembra.

El reloj me sorprende, cadente murmullo afinan
sus viejos tictac, el péndulo oscila en un vaivén singular,
el tiempo se oxida en su caminar, las horas cayeron, pasaron los días, los años detrás.

La noche fulgura plisada de estrellas, le luna radiante, me hizo recordar, amores de un día, manzanas prohibidas de Eva,
Pecados de niño que fueron difíciles de confesar.

Donde quiera que te halles, donde quieras que estés,
Hoy te bese en la sombra, con la dulzura de un primer beso,
Y con la inocencia de los quince años.

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